Causas sociales de la obesidad

La sociedad, en función de los valores, la cultura y la educación que nos inculca, tiene parte de responsabilidad en el problema de la obesidad. Ya desde niños se nos enseña que la comida, sobre todo las golosinas, son un premio. Nuestras celebraciones de cumpleaños se celebran con un gran banquete con tarta y chucherías y, si nos portamos bien o conseguimos algo importante, nuestros padres nos llevan a celebrarlo a nuestro restaurante de comida rápida favorito.

Esta actitud hacia la comida sigue manteniéndose a lo largo de toda nuestra vida. Cualquier celebración o reunión social no sería nada sin un gran banquete con la suficiente comida como para que acabemos hartos. Todas nuestras actividades sociales giran alrededor de la ingesta de calorías: comidas de trabajo, cenas con los amigos, salir a tomar algo… Incluso en nuestra vida íntima y cotidiana seguimos el mismo patrón: comidas especiales los fines de semana o pasarse la tarde del domingo sentados en el sofá comiendo una golosina tras otra.

En nuestra sociedad, además, resulta más fácil, rápido y barato adquirir comida basura en lugar de intentar mantener una alimentación saludable. Hay que estar muy convencido de los perjuicios de este tipo de alimentación para pasarse dos horas cocinando unas verduras y un pescado al horno para toda la familia cuando puedes tener la cena lista en diez minutos metiendo unas pizzas en el microondas. Los alimentos frescos y saludables tienen un coste mucho más elevado tanto en dinero como en tiempo y, dado el ritmo de vida que llevamos, resulta muy difícil no caer en la tentación de llamar al restaurante de comida rápida más cercano o prepararse un bocadillo o un plato precocinado.

Por último, debemos tener en cuenta que vivimos en una sociedad de la abundancia como nunca antes se había visto en la historia de la humanidad. La comida nos rodea, la vemos continuamente, intentan metérnosla por los ojos a todas horas… Podemos comer hasta hartarnos, derrocharla y hasta tirarla. En este ambiente, no debe extrañarnos que a la mayoría de la gente le resulte muy difícil controlarse y decir que no